El Mundo (8/03/2019)

EL 8 DE marzo de 2018 fue una fecha histórica a remarcar en el calendario. Una gran movilización ciudadana llenó calles y plazas; y una huelga vació los centros de trabajo y las casas. Era la primera vez que se utilizaba repertorio de acción del movimiento obrero para una jornada reivindicativa en defensa de la igualdad entre hombre y mujer, en contra la violencia machista, denunciando la discriminación hacia orientaciones sexo-afectivas no normativas. Ninguna militante feminista se hubiera imaginado poco tiempo antes una convocatoria con un éxito tan generalizado. El feminismo llegó para quedarse y para construirse como hegemónico. Nuevos aires que, cuando se radican, son transversales e irreversibles. El cambio no llega solo, es cierto. Existe un hilo violeta de luchas sociales que viene de muy lejos. Pero hay un momento en qué en una sociedad, por una conjunción de factores coyunturales y estructurales, se produce un click y ya no hay vuelta atrás.

En esta transformación en la cultura política de las mayorías ciudadanas es dónde cabe situar dos fenómenos políticos actuales. En primer lugar, la suma de Ciudadanos y el Partido Popular a la celebración del 8 de marzo. Si el año paso ambas fuerzas políticas fueron críticas con la huelga feminista, este año han tomado la iniciativa y se han añadido a su forma: los naranjas con la propuesta del «feminismo liberal», los azules sacando a la palestra el pacto contra la violencia machista aprobado en el congreso. Algunos ponen énfasis en el electoralismo de estos movimientos. Yo prefiero leerlos como un avance social en el que el feminismo ha empezado a ser sentido común. En segundo lugar, la actitud retrógrada de VOX haciendo bandera de la negación de una evidencia científica (social): el patriarcado genera desigualdad. Cuando un animal se sabe herido, se defiende de manera rabiosa y violenta. El Antiguo Régimen de los de Abascal lucha contra viento y marea para devolver al debate público cuestiones ya superadas.

La sociedad española puede estar orgullosa de haber sido pionera en importantes avances legislativos: el matrimonio homosexual, contra la violencia machista o por la igualdad. Y puede estar orgullosa porque estas consecuciones no fueron sólo cosa de una vanguardia política sino de una ciudadanía plural que en el cambio de milenio ya demandaba avances en el ámbito de los derechos y libertades. Dicho esto, y como contrapunto, estas ansias de igualdad y libertad deben ir acompañadas de recursos. Con la crisis económica y las políticas de austeridad las políticas de género fueron de las primeras en ser recortadas (y serlo de manera drástica). Pero es que las además los recortes en las áreas sociales afectaron de forma prioritaria a la población femenina. Si hay una contracción del gasto en educación, sanidad o dependencia las mujeres son doblemente perjudicadas: porqué son sectores intensivos en personal laboral femenino; y porqué los cuidados vuelven a recaer sobre la familia (eso es, en la mayoría de casos, sobre la mujer). Y todo esto se produce en un régimen de bienestar todavía muy «familiarista» (a diferencia de, por ejemplo, los países nórdicos donde parte importante de los cuidados se asumen como responsabilidad de lo público).

La brecha salarial, el techo de cristal o la violencia machista siguen allí como realidades tozudas. La construcción social del género en un mundo patriarcal genera desigualdad y sufrimiento. El feminismo (o mejor dicho los feminismos) han trabajado, trabajan y trabajaran para para construir un mundo más democrático y justo. Este 8-M feminista necesita del empeño de muchos hombres y mujeres.

 

gemmaubasart
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