Tensión en las filas ‘indepes’

LEJOS DE calmar la situación, las elecciones catalanas han abierto un nuevo escenario de tensiones. La sesión constitutiva del Parlament la fijó Mariano Rajoy para el 17 de enero y el debate de investidura se celebrará el 31 del mismo mes. Quedan pocos días para estos deadlines pero aún no hay ninguna incógnita despejada. La mayoría independentista salida del 21-D negocia en Bruselas y Barcelona cómo proceder con la elección de la mesa del legislativo y la elección del presidente. Las conversaciones parece que no están siendo muy fructíferas y que por el momento todo está en el aire. Ponemos la atención en el bloque independentista formado por JxCat, ERC y CUP (y no en otras fuerzas políticas) porque de las opciones de gobierno que se pusieron encima de la mesa en campaña es la única que suma. Se trata de la única coalición políticamente posible (no aritmética) en el momento actual. Ahora bien, los dos grandes partidos que deberían liderarla presentan complejidades.

JxCat quedó, contra todo pronóstico, ligeramente por delante de ERC en las elecciones. Su campaña electoral se centró en la restitución del gobierno legítimo y, en este sentido, se afirmó que si ganaba las elecciones el bloque independentista, Carles Puigdemont volvería a Cataluña para ser presidente. La simplificación e idealización del mensaje, que ayudó a obtener unos muy buenos resultados electorales, ahora les podría estar poniendo en aprietos. En primer lugar, difícilmente Puigdemont cumplirá su principal promesa electoral. Si pisa territorio español será muy posiblemente detenido y puesto a disposición judicial en cumplimiento de los requerimientos que pesan sobre él. El líder de JxC huyó a Bélgica para no ser encarcelado y parece complicado que ahora acepte el horizonte penal que le espera. En segundo lugar, y siguiendo la misma lógica legitimista, se imponen razonables las palabras de Gabriel Rufián: si el número uno no puede ser investido que lo sea el dos (o sea, Oriol Junqueras).Por su parte ERC, que tendría más facilidades en conseguir la presidencia, sea por vía legitimista, sea porque posee más capacidad de alianza con terceros, cuenta con importantes handicaps. En primer lugar, los mejores resultados de ERC desde la recuperación democrática saben a poco en relación a las expectativas creadas. En el mundo republicano impera una cierta decepción que se suma con el desconcierto y la falta de liderazgo que provoca el hecho que Oriol Junqueras esté en la cárcel. En segundo lugar, y aunque muchos de sus dirigentes apuestan por un giro más realista, político y dentro del marco jurídico actual, el relato idealista e inmediatista construido en el mundo independentista, y que también ellos han alimentado y del que han sacado réditos, les deja poco margen de movimiento frente a parte de las propias bases, más ilusionadas con los argumentos mágicos de Puigdemont que con los terrenales de los improvisados líderes de ERC. Este es el talón de Aquiles de los republicanos. El círculo de Bruselas y el mundo ex convergente, mezclando motivos personales y políticos, han empezado a activar sus maquinarias para someter a ERC (y la CUP), práctica que ha sido común durante la crisis catalana, muy marcada por las dinámicas emotivas y moralistas. La competencia por la hegemonía del espacio nacionalista catalán amenaza con alargar la agonía del procés. Y, por cierto, la última decisión del Tribunal Supremo continúa alimentando esta espiral.

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