Coaliciones (im)posibles

Indican algunas encuestas (incluida la elaborada por GAD3 para La Vanguardia publicada el pasado domingo) que Inés Arrimadas puede ganar las elecciones del 21-D. Si eso ocurre, sería la primera vez en la historia democrática catalana que queda primero en una contienda electoral un par­tido no catalanista. Diría más, un partido que nace a partir de la oposición a uno de los principales consensos de la tradición catalanista: la política lingüística. Las dinámicas de acción-reacción habrían fun­cionado y, en un escenario de polarización en el eje nacional, el miedo y el sentimiento de amenaza a la unidad de España habría movilizado un voto de rechazo a la aventura independentista. También habría ayudado a esa victoria el declive de ERC en ­beneficio de Puigdemont, más radical en la apuesta unilateralista. Cs y JxCat, partidos ambos de la internacional liberal, representantes del centroderecha, habrían crecido retroalimentándose en el conflicto.

Ahora bien, que Ciutadans gane las elecciones no quiere decir que pueda formar gobierno. En un escenario de pluralismo extremo, tomando el concepto del poli­tólogo Sartori, importa la capacidad que tienen las fuerzas políticas de formar coaliciones (sean de gobierno, de legislatura o simplemente de investidura). El partido naranja cuenta con ­importantes vetos y a estas alturas sólo tendría asegurado el apoyo del PP a su investidura. La polarización que le ha servido para ganar votos también le puede suponer dificultades por el post-21- D. Por el contrario, partidos que en un contexto tensionado a nivel identitario ­sufren electoralmente como los comunes o el PSC podrían estar en una mejor situación a la hora de contribuir a dibujar el ­escenario político futuro. Incluso ERC, que se ha visto penalizada en el último tramo, también puede tener margen de juego si se atreve a seguir el camino de distensión y realismo iniciado por Joan Tardà (y cortado por lo sano con el anuncio de la lista del president).

No hay que olvidar que la dinámica de coaliciones siempre ha estado presente en la política catalana. Eso sí, ha ido mutando. Y ahora es altamente compleja. Durante el pujolismo (1980-2003), la coalición pre-electoral entre CDC y Unió construyó una apuesta que llegó a ser hegemónica y ­central. Su agotamiento llevó a coaliciones de gobierno (o gobernabilidad) en el eje ideológico en un sistema de partidos es­table y previsible: acuerdo de izquierdas (PSC, ERC e ICV, 2003-2010) y neoliberal (CiU y PP, 2010-2012). A partir del aumento de fuerzas políticas en la Cámara y sobre todo de la apuesta convergente de subir a la ola independentista, la vida política se vuelve plural, polarizada e incierta, aumentando la propensión a los vetos en un multipartidismo centrífugo. Y en con­secuencia, haciéndose visible la dificultad de acuerdos. La pregunta queda sobre la mesa: ¿el 22-D será practicable alguna coalición o tendremos segundas elecciones?

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